

UN GRITO EN EL VACÍO: MARLON VÁRGAS
Andrés Felipe Moreno Sabogal

Tal y como sucede con las buenas obras de arte, toma tiempo acostumbrarse a él, se necesita prestar especial atención a sus manías, a sus anécdotas y detalles si es que uno pretende llegar a entender el enredado y explosivo mundo de Marlon Vargas.
Las buenas obras empiezan con un lienzo en blanco. Antes de que la confianza se forje y que las preguntas indagatorias esculquen el pasado del Marlon, la habitación se siente pálida y vacía, como si la nada se refrescara en aquel espacio. Justo en el medio de ese vacío, se encuentra un caballete que alza un lienzo en blanco, uno impoluto y totalmente infinito, con posibilidades que no caben enteras en ese cuarto. Justo cuando uno se está acostumbrando al silencio y a la ausencia de todo color, Marlon, que hoy no pinta con las manos sino con la memoria,, empieza a dar trazos desordenados de su pasado.
“Mi pasado… eso fue hace mucho tiempo” a los que no les suceden cosas, no tienen cosas que contar, es por ello por lo que Dios arregla las telas del destino para darles historias a quienes tienen la habilidad para pregonarlas, y fue Turbo, municipio de Antioquia, quien le diera de que hablar a Marlon. “Y bueno… eran casas de tambo que cuando llovía se nos inundaban” y quién pudiese contar una historia que alentaría el amarillismo sobre la región, no tiene palabras suficientes para adornarla, pues se siente como un poema para el municipio, cuando describe como de niño y en compañía de amigos, cazaban cangrejitos o solo por la mera oportunidad, acudían a charcos enlodados en los que florecía la diversión, o realizaban alguna otra pilatuna que hiciera que doña Petrona lo regañara, y ante la frustración e impulsado por la rebeldía, el aún encapullado artista le respondiera con alguna mueca que terminara en una muenda bien merecida.
A ese niño con hambre de mundo, lo conoce muy bien Janeth Chaverra, quien, en una de esas casualidades del destino, visitando la tienda de la madre de Marlon, se topó con el pequeño, y de inmediato conectó con el alma de quien, en el futuro, le ayudaría a construir su sueño. Tal vez, porque vio su infancia reflejada en aquellos niños, al crecer ayudó a Janeth en la construcción de lo que hoy conocen como “Casa Encantada”, un proyecto en el que ambos apoyan a niños desde el arte.
“Yo te puedo decir que el arte de Marlon toca almas, y las traspasa, porque él tiene la capacidad de que, si ve un niño, se alcanza a su nivel y si es un adulto, llega a traspasar su pensar”, dice, mientras desvela trozos de él, que, por humildad o mesura, prefirió obviarme. Y aunque está convencido de que la lucidez y agilidad mental pertenecen exclusivamente a su versión más infante, es posible imaginar que el artista deja salir al niño que resguarda en la memoria, a jugar con sus pares en aquella casita encantada; que es ahí cuando reluce una simbiosis entre la madurez que trae el tiempo, y la diversión que provocan los infantes recuerdos, que esas jugarretas y pilatunas, siguen provocando gran parte de sus pinturas.
Niñez


“Yo te puedo decir que el arte de Marlon toca almas, y las traspasa, porque él tiene la capacidad de que, si ve un niño, se alcanza a su nivel y si es un adulto, llega a traspasar su pensar”
Si es que uno escucha su pasado, es imposible que no se abrigue en la calidez con la que describe un amor que desafía todas las leyes de la física, y que solo es posible explicar si es que se está dispuesto a abrir su mente y dispone a la realidad como una masa moldeable más que como una barra de acero. En esa galería del corazón, el artista guarda el retrato de su madre, una mujer que supo hacer casi de mamá y papá ante un hombre que resultó despreocupado por sus hijos. Marlon recuerda bien el día en que se fascinó al ver una historieta de Kalimán, e hizo que su madre se la comprara. Hasta hoy, siente que desde niño ha tenido una relación demasiado espiritual con ella, pues dice que lograban comunicarse a través de sueños y que la similitud de sus almas interceptaba su amor hasta en el plano onírico.
Solo las madres como las de Marlon, son capaces de apoyar a sus hijos en las locuras venideras que la inexperiencia, las ganas de experimentación y la juventud logran encarnar, fue así, como no chistó cuando su hijo, que ya había sido expulsado de una escuela, no por vago, sino porque esas cuatro paredes le parecían poco como enclaustrar el alma; decidió lanzarse a las tablas a sus 11 años. El teatro fue uno de esos campos en los que su espíritu se sintió libre, navegando por personajes e impostando vidas ajenas.
Para este punto, el cuarto vacío, y sumamente limpio con el que me choqué al inicio de nuestro encuentro, había adquirido matices que resultaban familiares. Se desplegaba una gama de acuarelas, de tonos magníficos, tanto así, que Dios había creado una habilidad o un superpoder si es que se puede decir, para lograr apreciar dichos colores, unos desconocidos para un gran porcentaje del mundo, y que, en esa sala, relucieron y me permití ver, entonces… con él y sus pinturas, iba comprendiendo el por qué mi peculiar manera de percibir el mundo.
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En tantos de sus ensayos, siempre merodeaba uno de esos hombres con espíritu libre y desembocado, tanto así, que logran reconocer como con vista biónica, un alma similar. Nelson Callejas perforó más allá de la piel de Marlon, y en ese corazón que palpitaba por el arte, descubrió una vida pasada, hondeó en la conexión que tenía con su madre, y vislumbró un potencial que, hasta ahora, era desconocido para el joven.
—Marlon… en otra vida tú fuiste un artista muy grande, y en esta, vas a seguir con ese legado. —Dijo en tono premonitorio.
—No le entiendo… —Y cómo omo iba Marlon a entender, si aún no era quien debía ser.
Nelson le ofreció un espacio que le aclararía todo lo que en ese momento parecía ensombrecido. Rebecca Denova, profesora emérita de Cristianismo Primitivo en el Departamento de Estudios Religiosos de la Universidad de Pittsburgh, describe a él gnosticismo, como “La creencia de que los seres humanos contienen una parte de Dios (el bien supremo o una chispa divina) en su interior, que ha caído del mundo inmaterial a los cuerpos de los humanos.” sin embargo, esto Marlon no lo sabía aún, y para él, fue un espacio que le rasgó la piel, y a esa alma que tanto deseaba conocer la luz, se le dio la oportunidad de salir.
En el centro gnóstico, normalmente un niño sería poco bienvenido, aun con ello, en este caso, la excepción era necesaria, pocos a la edad de Marlon, lograrían filtrar el mundo de la manera en la que él lo hacía. Fue testigo de charlas sobre asuntos espirituales que él considera relevantes, como el desdoblamiento, los sueños lucidos, etc. El esfuerzo por explorar lo que él llama “la oscuridad” que habita en él, no se quedó tan solo en las tertulias en aquella casita sin suelo, sino que acudía a lo más profundo de él en meditaciones que podían durar horas. Una vez su madre se enteró, y observó los cambios que esa conexión mística le había traído, lo apoyó, como de costumbre solía hacer.


Parece pertinente, pedirle al lector que se aleje de sus prejuicios y mientras lea este perfil, conciba la realidad como algo líquido, sujeto a los embaces de la cabeza; más que como algo sólido. Dama o caballero, habita, y aunque la pintura parezca abstracta, no cierre su mente, aprecie, reconozca su ignorancia, participe en el debate interno y siga.
Bogotá
Lo cierto es que siguió apasionado a la actuación hasta ya mayor, y como la vida y el gnosticismo le había enseñado a recibir lo que el mundo le regalase, cuando su mamá le propuso irse para Bogotá a estudiar actuación teatral, empacó y a la semana, ya estaba en la academia de Ronald Ayazo. Y aunque se quedaba en casa de una tía, a la impaciencia y ansiedad que incendia a Bogotá, solo logró escapar en un rinconcito de paz, el cementerio central, lugar que recorría casi a diario para hallarse a sí mismo “me acostaba en las tumbas, y sentía tanta tranquilidad y tanta paz. Y cuando em levantaba y me iba, sentía que me tocaban y me despedían.”
Dentro de las cosas que recuerda de la nevera, a parte del cementerio central y la academia, es a una de sus amigas Marleni, quien fue un alivio para los pesados días que se suelen vivir en Bogotá y que tienen la peculiaridad de pesar más para quienes no están acostumbrados a esta selva de cemento. Además, estaba Luisito, un experto en el mundo de lo esotérico, mismo que le enseñó a Marlon, a aceptar sus demonios, sus pecados y sus lados más oscuros, pues solamente así, lograría aceptar la luz.
“Es imposible evitar, la oscuridad, cuando uno busca la luz” Luisito le mostró un nuevo mundo, uno que le daría cierta fortaleza para afrontar la noticia de que Marleni había muerto. Una rara enfermedad que ya la tenía en el hospital, no solo le arrebató la vida a la joven, sino también fracturó algo en Marlon. “unos días antes, llegó a la academia, hablamos y se despidió. Se voló del hospital para despedirse…” agarró sus maletas y dejó los años que había vivido en Bogotá atrás, y se juró nunca más volver a ese lugar de tan pesadas energías.


Una vez de vuelta en casa, con los chiros en el armario y la mente vuelta añicos, su manera de llevar el duelo, fue pintando. Pintó hasta cansarse, dibujó oscuridad, una profunda y llana sombra se implantó no solo sobre el alma, sino sobre el papel. Fue allí el momento de conexión con un arte que hasta ahora había solo experimentado como Hobbie y que se volvería el motor de su vida.
La habitación se ensombreció, y no se confunda, los trazos que las historias de Marlon habían dibujado no solo en el lienzo sino en el resto del lugar, aún estaban allí, pero la luz que allí permitía la visión, había desaparecido hasta consumir cada rasgo de color.
Tras días de pintar y pintar plasmando la oscuridad en cada una de las telas, su madre le propuso de nuevo, que estudiara artes plásticas, y ante la negativa de ir de nuevo a Bogotá, se dirigió a Cali para experimentar esta dimensión que se exponía frente a sus ojos. Y tal vez, Marleni valoraría desde donde sea que esté, ver como su partida, fue la causa de que hoy, Marlon sea uno de los mejores pintores que tiene Colombia, o incluso el mundo, aún con su condición.
¿Dónde está el verde?
Admira a los profesores que fueron capaces de entender como enseñar arte “tienen que darte las herramientas, la técnica, pero no pintar como ellos dicen porque termina siendo más una obra de ellos que tuya” Tal y como de niño lo hizo, destacó entre todos, a pesar de preferir los puestos que rozan con el muro más profundo del salón. Su técnica era impresionante, y lo que decidía pintar innovador, se había propuesto pintar la oscuridad que sabía habitaba en él, y de la que había ya aprendido bastante con Luisito. En una de sus clases, se permitió explorar las sombras y sus demonios, pintando un bosque oscuro con una fogata iluminándolo, y alrededor ánimas danzantes.
—Todo está muy bien, la técnica me gusta, pero… póngale más color —dijo su maestro.
—¿Más color? Pero si implementé todo lo que nos enseñó, tengo ocres, claros, oscuros. —dijo inmerso en la confusión.
—No señor, todo es verde, tiene verde en todos lados y de todos los tonos, pero nada más —contestó, abofeteando la realidad que Marlon hasta este momento, creía absoluta.
De repente, la habitación que se sentía ahora tan de ambos, cambió por absoluto, cada uno de los colores que ya se habían pintado, los retratos empezaron a mutar. Los charcos de su niñez cambiaron a un tono que no puedo describir, el césped del cementerio central, adquirió una gama nunca vista; la vida entera le cambió a Marlon.
“Le pregunté a cada uno de mis compañeros, pero todos me decían lo mismo ´todo es verde´”, decía mientras recordaba, como la confianza entera se le desplomó. Anonadado y confundido, salió más temprano de clase ese día, y cuando el profesor preguntó por su prematura huida, el solo le supo contestar.
“Profe… me voy a buscar el verde, porque se me ha perdido”
Al salir, un mundo repleto de incertidumbre le golpeó en la cara, ya no podía afirmar que el cielo era azul, o como estaba vestido. No había certeza de nada. Al llegar a casa y comentárselo a su tía, ella solo reparó en traer a una prima para que le enseñara cada uno de los nombres de cada color. Los ordenaron en fila y como había prestado atención a la lección, dijo la retahíla de colores según se los habían ordenado. En ese momento, su prima recordó que alguna vez le habían mencionado una rara “enfermedad” que consistía en la distorsión o no percepción de colores.
En ese momento, desordenó los lápices de distintos tonos y el orden había cambiado por completo, lo que desorientó a Marlon, y por lo tanto, falló en cada uno de los colores. A eso le siguió un oftalmólogo que, terminó por diagnosticar al artista con un caso de Daltonismo. Afirma con certeza que él no sufre de daltonismo, que percibe el mundo como muchos ya quisieran y que ni en fantasías logran apreciar las tonalidades que, hasta el momento, lo han posicionado en la cúspide en la que está.
Tras salir de la universidad en diseño publicitario, logró entrar a una empresa, en la que trataba de evitar elegir colores para proyectos, y desviaba la atención y nunca habló de su daltonismo “yo nunca hablé de eso, y les inventaba alguna excusa para que ellos escogieran el color y ahí si yo trabajar. Pero llegó esa noche” una noche en la que, como muchos diseñadores, no durmió, sino que se desveló montando solo un proyecto. Eligió el color como pudo, hizo afiches, pendones y plegables. A la mañana siguiente, su jefa recogió el trabajo, y lo presentó ante los clientes. Justo cuando Marlon se alistaba para al fin lograr descansar, un grito lo sobresaltó al pisar el umbral de la puerta de salida. “Todavía recuerdo todo lo que dijo de mi madre.”
—Perdimos la cuenta… usted no va a servir para nada en esta vida. Vaya y hace mamarrachos que es lo que a usted le gusta —dijo su jefa echando demonios por la boca.
—No entiendo… pero si todo está bien —decía Marlon mientras revisaba cada uno de los entregables.
—¿Cómo así que qué es lo que está mal? Usted puso el logo verde, y el de ellos es rojo.
Marlon no volvió a trabajar en publicidad, y tuvo que conciliarse con él mismo y con el daltonismo. “Hermano yo lloraba mucho… cuando a las tres de la mañana yo pintando y no había a quien preguntarle un color” un artista daltónico… como si Dios decidiera que ahora de arquitecto quiere pasar a ser comediante, en sus infinitas ironías, era justamente esa condición la que le hizo ganar un premio por uso de color, la que hizo que la gente se fascinara con cada uno de sus retratos, como su colección de superhéroes, a quienes admira.


A esto le siguieron más y más exposiciones, en especial de algunos tópicos específicos “Los desnudos que pintaban les iba muy bien, me fascina esa piel de chocolate que a uno le provoca morderla. Un día mi hermano me pregunta ´hombre Marlon, ¿vos si sabes por qué son tan populares tus desnudos? ´ y prosigue a decirme ´porque eres el único que pinta cuerpos verdes´” cuando él se hipnotizaba por esa piel canela que no hay a quien no atraiga, sus compradores se deleitaban con lo bizarro que les proveía ver aquellos cuerpos de tono esmeralda. José Cirilo, comerciante de arte, describe las pinturas de Marlon como “una mezcla de maldad y el mundo surrealista de Salvador Dalí, crea mundos de fantasía que se ven en los comics, además que por tener la condición de ser daltónico llega a unificar tonos fríos y cálidos de una manera que llega trascender en los ojos de sus espectadores”.
Porque, eso sí, su ventana para demostrar la oscuridad que para este punto ya ha abrazado, es pintar, ahí resguarda todo lo que él es y todo lo que contiene, una sinergia de luz y sombra que crea unas temperas propias de su alma. Arreboladas y explosivas.
Y aunque vivir del arte es complejo, y en ocasiones el bolsillo rogaba pintar algo un tanto “más comercial” nunca se abnegó. Después en los años 2000 ya enamorado, estados unidos empezó a promover el mercado de los super héroes, y como buen paisa, vio la oportunidad para volver a ese mundo de historietas que su madre le compraba. No son necesarias las alegorías, pues procede a enseñarme un hermoso cuadro de Hulk, quien parece envuelto en chispas de energía. Su obra ha llegado a tal punto, que han tratado de imitarlo, incluso competirle en la misma galería, pero su innovación hace que se sobreponga y que impostarlo, sea realmente complicado.
“Hemos compartido mucho en cuestión que tiene que ver con el arte, en exposiciones, en el Palacio Nacional teniendo cada uno una galería. Lo que conozco de él, es que el país no lo ha valorado mucho porque es muy bueno, es de esos artistas buenísimos pero los galeristas ponen trabas, él podría estar mucho más cotizado” dice Fernando Jiménez, íntimo amigo de Marlon; y aunque es cierto que el colombiano no valora del todo el buen arte, hubo un momento que lo marcó en la historia.
Primero se negó, y trató meter a alguien más en su lugar, pero le dejaron claro que, si no era él, no querían a nadie más. Fue así, como terminó presentándose en el programa televisivo “Colombia tiene talento” en el que, en cuestión de un minuto, y con Heavy Metal de fondo, pintó un cuadro frente a los jueces, que quedaron encantados y lo trajeron a Bogotá, ese lugar al que había jurado nunca regresar. Tuvo la oportunidad de conocer a uno de los integrantes del grupo “Enanitos Toreros” quienes lo ayudaron con otra presentación para el programa en el que en segundos dibujó el rostro de los 3 jurados. “Yo llevaba los tarros marcados con los colores de las pinturas, pero cuando empecé a pintar se borraron todos, entonces yo usaba el tarro y lo votaba. Llegó pintura hasta los asientos delanteros.”

Actualidad
Ha superado varias pruebas que le ha puesto Dios en su camino, como él dice. En este momento a pesar de los problemas de salud, vive tranquilo, pues, aunque siente que le queda mucho por hacer, ahora comprende mejor quien es él. “Ese es Marlon Vargas hermano, un chisporroteo… un grito en el vacío” está orgulloso de sus hijas, una cineasta con su propio canal y como él la describe “la Tim Burton Colombiana” y la otra, ha nacido con el don artístico con el que, según Marlon, “se nace, no se hace” y ha abrazado la oscuridad tanto como él. Se ha dedicado a escribir y a servir en un documental para uno de sus amigos en Hollywood.
Solo es al final de nuestro encuentro, que le admito que soy daltónico, y esa habitación de repente se vuelve nuestro espacio seguro, ese lienzo que era únicamente suyo, me abre espacio y me acompaña “hermano, usted y yo vemos lo que otros no ven”. Es curioso pensarlo, pero… tal vez Marlon, no tiene visión de calor, pero poseen sus ojos un filtro que diluye el mundo de tal manera, que quienes compran sus obras desean sentir tanto la realidad como él lo hace.
























